Efecto Pigmalión

Efecto Pigmalión

En ocasiones, tanto padres como educadores, no somos conscientes de la influencia que pueden llegar a tener nuestras creencias en el comportamiento de nuestros hijos o alumnos.  Solemos decir que tenemos unas u otras creencias; sin embargo, las creencias, más que poseerlas, las somos. En consecuencia, lo que pensamos acerca del niño y las expectativas de rendimiento que depositamos en él, determina no sólo nuestro propio comportamiento, sino también como él acabará comportándose. Esto es lo que en psicología recibe el nombre de efecto pigmaleón.

El efecto pigmalión quedó comprobado científicamente cuando los investigadores Rosenthal y Jacobson realizaron un interesante experimento. El mismo consistió en informar a unos profesores que algunos de sus alumnos eran niños brillantes. Sin embargo, los alumnos habían sido seleccionados al azar y presentaban niveles de inteligencia variopintos. Los investigadores querían comprobar cómo las creencias y las expectativas de los profesores acerca de los alumnos influía en el rendimiento escolar de estos últimos.

Los resultados fueron extraordinarios. Al finalizar el experimento, aquellos niños sobre los que se había genera expectativas de buen rendimiento llegaron a obtener mejores resultados en los test de inteligencia que aquellos que, aún siendo más inteligentes en un principio, pertenecían al grupo de “los menos inteligentes”.

Por tanto, la creencia de que un niño es de una determinada manera, hará que tengamos determinadas actitudes y pensamiento que quedan plasmados en la manera en la que nos comportamos con él. Esto el niño, aunque no se le diga directamente, lo percibe y, más aún, termina creyéndolo. De este modo, aumentan las probabilidades de que ocurra lo que esperamos que ocurra, para bien o para mal.

Recuerdo una entrevista con una madre. Estaba muy preocupada por la marcha de su hijo en la escuela. La profesora le había comentado que probablemente repitiera curso por su mal rendimiento en lengua. Decía que a su hijo nunca se le había dado bien esta asignatura (creencia), que temía la hora en la que tenía que ayudarlo a hacer copias o escribir (actitud) porque pensaba de antemano que él lo haría mal (pensamiento) y que probablemente acabaría perdiendo los nervios (comportamiento).

Sorprendentemente, su hijo pensaba exactamente lo mismo de su marcha en lengua. Consideraba que no era bueno para esta asignatura, que por más que se esforzara nunca conseguiría tener buena letra ni leer bien. En general, mostraba desmotivación y rechazo a todas aquellas tareas que tuvieran que ver con esta materia, con lo que la hora de hacer los deberes de lengua se convertía en un infierno.

Sin embargo, cuando comencé a trabajar con él me di cuenta de que su bajo rendimiento en lengua no se debía a su baja capacidad, sino a algunas dificultades para aprender a leer y a escribir que requerían que se probaran otros métodos y estrategias de enseñanza; y aún más importante, el niño necesitaba que creyéramos que el era capaz.

Cuidemos lo que creemos acerca de nuestros hijos y alumnos ya que, muy probablemente, los empujaremos a ser el fiel reflejo de nuestras creencias.

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